Grieta moral: Del “Cristina roba, pero hace” al “Milei roba pero baja la inflación”

En la Argentina la corrupción política nunca fue solo un problema judicial, sino un síntoma cultural profundo. Durante los años de hegemonía kirchnerista se instaló una frase que todavía resuena: “Cristina roba, pero hace”. Era la justificación que repetían miles de militantes de La Cámpora y dirigentes afines para minimizar a ese 70% de chicos con hambre y la avalancha de causas judiciales que afectaban al matrimonio Kirchner y su círculo íntimo: desde Los Sauces y Hotesur, hasta el caso de José López arrojando bolsos con millones de dólares en un convento y armas de guerra.

Lo que parecía un fenómeno exclusivo del kirchnerismo, encuentra un espejo incómodo en el gobierno libertario. Tras el escándalo que estalló en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), donde su ex titular Diego Spagnuolo fue desplazado luego de filtrarse un audio en el que denunciaba directamente la corrupción interna —“Están choreando, podés hacerte el boludo, pero no me tiren a mí este fardo”—, la reacción en las redes libertarias fue sorprendente: en vez de indignación, aparecieron justificaciones calcadas a las de los años K. “Milei roba, pero baja la inflación” o “Esto es una opereta electoral” se volvieron tendencias entre cuentas oficialistas y defensores del Presidente.

El razonamiento es idéntico: aceptar la corrupción como parte del precio a pagar por un objetivo político mayor. Durante el kirchnerismo, la meta era la obra pública, el “modelo de inclusión” o el consumo interno. Hoy, en el mileísmo, la coartada es la baja de la inflación, aunque aún no se traduzca en mejora del salario real ni en alivio social aunque los libertarios insistan en instalar lo contrario.

La diferencia, si la hay, es apenas cosmética. Cambian los protagonistas, cambian los slogans, pero la lógica es la misma: se normaliza el robo mientras se relativiza la moral pública. La grieta no es ya entre kirchneristas y libertarios, sino entre quienes creen que la corrupción es tolerable y quienes entienden que la corrupción siempre destruye el contrato social.

Ejemplos sobran. Cuando aparecieron las causas contra Julio De Vido y los sobreprecios en la obra pública, los K respondían que “la corrupción existe en todos los países, lo importante es que se construyan escuelas y hospitales”. Hoy, ante el caso ANDIS, los libertarios replican que “los corruptos están en todos lados, lo importante es que Milei terminó con la maquinita”.

Ambos discursos terminan en el mismo callejón sin salida: un Estado administrado por mafias políticas que roban sin miedo, sabiendo que su militancia los blindará con el mantra de que “al menos hacen algo”.

La gran pregunta, entonces, no es si el kirchnerismo o el mileismo son más corruptos, sino si la sociedad argentina está dispuesta a seguir justificando a cualquier gobierno que robe mientras genere sentimiento de pertenencia. Porque si el estándar moral de la política se reduce a elegir “qué ladrón roba por una buena causa”, el futuro de la República ya está hipotecado.