Mercedes: cuando el homicidio y la impunidad se heredan desde el poder y se vuelven cultura, el caso de los Zunino

El asesinato de Brian Cabrera en los corsos de Mercedes vuelve a sacudir a la ciudad. Un joven muerto a tiros en plena fiesta popular, violencia desatada, detenidos casi de inmediato. La marginalidad expuesta, la respuesta penal activada. Pero la memoria obliga a mirar más atrás: no todas las muertes en fechas festivas tuvieron el mismo destino judicial.

En 2010, el brutal homicidio de José Darío Duarte marcó un antes y un después. Golpeado por una patota a la salida del boliche Le Front, agonizó dos días hasta morir. Los agresores no eran marginales: eran alumnos del colegio San Patricio, jóvenes de “buen pasar”, protagonistas de las conocidas “banditas” que cada primavera convertían la Plaza San Martín en campo de batalla.

De hecho, ese mismo año una patota de estudiantes del mismo colegio,el San Patricio, semillero de judiciales mercedinos, también asesinó a Jony Villalba, un joven recordado por su inocencia y su bondad. Tres años más tarde asesinaron a Jonathan Fat, fue una patota del Club Mercedes también vinculada al poder local. Al igual que el homicidio de Duarte estos también quedaron impunes.

Entre los señalados por el asesinato de Jose Dario Duarte estuvieron los hermanos Ignacio y Tomás Zunino. La causa fue caratulada como “homicidio en riña”. Hubo detenciones de menores, pero también prófugos. Los hermanos Zunino desaparecieron del pueblo tras ser identificados. El juez de Garantías N°1, Marcelo Romero, rechazó pedidos de detención. El fiscal interviniente fue Pedro Marchetti en el fuero juvenil, mientras que en el inicio actuó Héctor Zunino, familiar directo de los imputados.

Ese vínculo no fue un dato menor. En una ciudad donde “todos se conocen”, la presencia de un fiscal con lazos familiares con acusados alimentó la percepción —y algo más que la percepción— de protección. El resultado es conocido: el caso quedó impune. No hubo condenas ejemplares. No hubo mensaje reparador. Hubo silencio, fuga y tiempo.

Hoy, Clara Zunino, familiar de aquellos imputados, ocupa la Secretaría de Gobierno municipal, siendo mano derecha del intendente Juan Ustarroz. No se trata de responsabilidades penales heredadas, sino de responsabilidades políticas y simbólicas. Porque la impunidad también se hereda cuando no se rompe con ella. Cuando un homicidio vinculado a “hijos del poder” termina diluido, mientras los crímenes de los márgenes reciben castigo inmediato, el mensaje social es devastador: no todos valen lo mismo ante la ley.

El crimen de Brian Cabrera muestra una violencia extendida a todas las capas sociales. Pero esa extensión no nació sola. Durante años, Mercedes naturalizó las “banditas”, las golpizas a trabajadores, los enfrentamientos rituales en fechas festivas. Cuando esa violencia provino de sectores protegidos por redes familiares dentro del sistema judicial y político, la respuesta fue tibia. La impunidad no fue excepción: fue pedagogía.

Se educa con el ejemplo. Y durante años, el ejemplo fue que el poder protege a los suyos. Que se puede estar prófugo sin consecuencias. Que una carátula conveniente puede licuar responsabilidades. Que el tiempo borra.

Hoy la ciudad vuelve a llorar un muerto en una fiesta popular. La pregunta no es solo quién disparó ayer. La pregunta es qué cultura permitió que la violencia se volviera identidad. Y esa cultura no nació en los márgenes: descendió desde arriba, fue tolerada desde despachos oficiales y terminó filtrándose a cada barrio.

Mercedes no enfrenta solo homicidios. Enfrenta décadas de impunidad. Y mientras eso no se reconozca con nombre y apellido, la historia seguirá repitiéndose en primaveras, salidas de boliche, y corsos.