agosto 30, 2025

Mercedes: El infierno de los adultos mayores mientras intendente les inaugura canchas de tejo

En Mercedes, ciudad bonaerense que gusta mostrarse en ferias, fiestas y cortes de cinta, la realidad que viven muchos adultos mayores no entra en el decorado oficial. Se oculta detrás de discursos huecos, gacetillas municipales y canchas de tejo.

Esta nota no se trata —aunque podría— del jubilado que falleció el viernes pasado sin recibir un mísero tubo de oxígeno del PAMI. Un hombre enfermo de Parkinson, obligado a peregrinar por consultorios y trámites absurdos hasta el último día de su vida. Tras la última visita al neumonólogo, no recibió el oxígeno que le urgía, sino una orden para hacerse análisis la semana siguiente. Murió pocas horas después de esa consulta.

Pero no, esta historia no es la de él, ni la de tantos que mueren asfixiados por un sistema deliberadamente burocrático y mezquino. Es la historia de quienes todavía respiran, pero lo hacen dentro de una trampa invisible que los condena a la misma asfixia, solo que más lenta.

Ignacio, en sus 90 años, y Guadalupe, en sus 80, sobreviven en un hogar que más parece una trinchera de abandono. Las paredes están cubiertas de moho y humedad. El baño no funciona: no pueden bañarse sin ayuda. No hay calefacción. En invierno, para no morir congelados, queman cajones de verdulería.

Guadalupe no escucha desde hace dos años. No porque no exista solución, sino porque el PAMI se niega a entregarle los audífonos. Tres gestiones locales pasaron por la institución —el kirchnerista Santiago Altube y las libertarias Silvia Di Leo y Daniela Canziani—, y ninguno de ellos tuvo la voluntad o la decencia de resolverlo. Tres directores, la misma indiferencia.

Cuando este medio les preguntó si habían recibido ayuda de la Dirección Municipal de Adultos Mayores, Ignacio respondió con un desconcierto demoledor: ni siquiera sabía que existía tal oficina. Y cómo no, si mientras ellos sobreviven en la miseria, la agenda de ese organismo incluye actividades como “charlas entre abuelos y nietos sobre sexo en la vejez” (No es un chiste. Ojalá lo fuera, ese evento financiado por el municipio existe).

Algunos vecinos les alcanzan algo de comida o leña, pero no es suficiente. Ignacio y Guadalupe tienen miedo. Miedo de que, si su situación se hace pública o alguien intenta recaudar ayuda para ellos, terminen encerrados en un geriátrico, arrancados de la única casa que conocen.
Pese a la edad y el abandono, su lucidez está intacta, y la usan para decir lo que quieren: quedarse en su hogar. También temen que su vulnerabilidad los convierta en blanco fácil para delincuentes, en una ciudad donde la inseguridad crece y el Estado, cuando aparece, lo hace para la foto.

La historia de Ignacio y Guadalupe no es una excepción: se replica en muchas casas donde ancianos mueren lentamente, invisibles. Mientras tanto, Mercedes celebra la “Fiesta del Salame” y el intendente Juan Ustarroz inaugura canchas de tejo “para los adultos mayores”, financiadas con tasas que nunca llegan al plato de esos abuelos que no tienen qué comer.

Con ellos la ciudad de Mercedes muere de frío, de hambre, de soledad, o de burocracia y corrupción. No hay error ni descuido: hay un sistema que los descarta con cálculo y frialdad.
Porque no se trata de falta de recursos, sino de prioridades. Y aquí, claramente, los abuelos no están en la lista.