Mercedes: otro nene fallecido por mala praxis en hospital Blas Dubarry con posterior encubrimiento judicial
A siete meses de la muerte de Gero, un nene de 12 años, por mala praxis en el hospital Blas L. Dubarry de Mercedes, su mamá, Agustina Acuña, rompe el silencio. Lo hace quebrada, pero firme. Con dolor, pero también con una exigencia que no admite más demoras: saber qué pasó.
Gero era un chico sano. De esos que no paran. Jugaba al fútbol todos los días, corría por las calles del barrio, tenía amigos, era querido. “Era dulce, alegre, comprador”, recuerda su mamá. De esos chicos que se hacen querer sin esfuerzo. No tenía antecedentes médicos, no había señales de alarma. Nada.
La noche del 18 al 19 cambió todo. A las 00.05, sin síntomas previos, salvo haber dicho que tenía frío minutos antes, Gero convulsionó. Fue trasladado de urgencia al Hospital Blas L. Dubarry de Mercedes. Allí comenzó una cadena de decisiones que hoy su familia cuestiona con angustia y furia.
Según relata Agustina, lo dejaron en observación. Lo pasaron a una camilla. Estaba inconsciente. Durante 40 minutos —eternos para una madre que mira a su hijo sin reacción— nadie actuó. En ese lapso volvió a convulsionar dos veces, una detrás de la otra. Recién entonces le administraron un sedante y le colocaron una máscara de oxígeno. Poco después, comenzó con fiebre.
Con el correr de las horas llegó el diagnóstico que, hoy se sabe, era errado: neumonía bilateral. Les dijeron que había que intubarlo de urgencia. “No entendíamos cómo podía estar así sin aviso alguno”, dice Agustina. Lo intubaron. Minutos después, le drenaron un pulmón.
“Las cosas que escuché mientras lo intubaban no me las voy a olvidar nunca. Sentía que me moría”, recuerda.
La madrugada fue una agonía. Cada minuto era una plegaria. A la mañana del 19 llegó el traslado al Sanatorio Los Arcos. Pero tampoco fue inmediato ni adecuado. Según la familia, la ambulancia llegó con un respirador configurado para 40, cuando Gero necesitaba 100. El traslado se demoró cuatro horas más mientras su estado empeoraba.
Llegó al sanatorio alrededor de las 15. Las primeras noticias concretas recién llegaron a las 21. Y allí, el golpe definitivo: Gero no tenía neumonía bilateral. Tenía un neumotórax.
La acusación es gravísima: cuando lo intubaron en el Hospital Dubarry, le habrían provocado la ruptura de los pulmones.
Las muertes por entubamiento en el hospital Dubarry se naturalizaron durante la cuarentena, cuando parte de personal no apto jugaba a intubar con descenlaces fatales. Aquellas muertes toleradas consolidaron un pacto de complicidad entre muchos empleados del nosocomio que perdura hasta la actualidad. Según la acusación Gero corrió la misma mala suerte.
En Los Arcos buscaron la causa de la convulsión inicial. Punción medular. Estudios. Tomografías. No había tumor, ni bacterias, ni meningitis. Nada. Los médicos comenzaron a retirar medicación. Bajaron la sedación para evaluar su respuesta. Gero no reaccionaba a los estímulos.
Una nueva tomografía mostró muerte cerebral.
Le habían hecho otra apenas llegó y ese daño no se había detectado. Les explicaron que con el correr de las horas y la sedación el cerebro comenzó a evidenciar el deterioro.
“¿Cómo una convulsión puede matar a un nene sano?”, pregunta su madre. La respuesta que recibió fue desoladora: “Es algo muy raro. No podemos dar una explicación”.
La familia decidió buscar respuestas en la Justicia. Pero allí comenzó otro calvario. Nadie les sugirió realizar una autopsia. Perdieron dos meses con una abogada que, según denuncian, no impulsó la causa ni consiguió peritos, algo común entre abogados que deben confrontar con el sistema en Mercedes, y terminan vendiendo las causas de sus clientes. Luego cambiaron de representación legal y la denuncia finalmente fue presentada.
Solicitaron historias clínicas del Hospital Dubarry y del Sanatorio Los Arcos, además de las placas radiográficas. En la primera placa, aquella donde —según el hospital— se veía la neumonía, la familia sostiene que no se observa tal cuadro. Los abogados pidieron que ambas instituciones presentaran la documentación y los estudios realizados.
Dos veces la Justicia intimó para que lo hicieran. Dos veces no hubo respuesta. La única citación que recibieron fue para declarar el 30 de diciembre. Plenas fiestas. Para padres que habían perdido a su hijo meses antes. “Eso fue lo único que hizo la Justicia”, dice Agustina.
Siete meses después, el dolor no se atenúa. Pero a la tristeza se le suma algo más profundo: la sensación de abandono, de silencio institucional, de respuestas que no llegan. El Hospital Blas L. Dubarry, centro de referencia en Mercedes, queda en el centro de una denuncia que exige peritajes, documentación y explicaciones claras.
Gero no puede hablar, pero su mamá sí: “Solo pido que hagan algo. Preciso saber qué fue lo que pasó con Gero. No es justo”. El reclamo no es solo por memoria. Es por verdad.

