Denuncian «lento asesinato» de paciente en hospital Blas Dubarry
Mercedes, Buenos Aires — El 14 de agosto de 2025, a las 5:15 de la mañana, Silvana dejó de respirar. Su familia asegura que no fue la enfermedad la que la venció, sino el abandono sistemático de un Estado que, en nombre de lo “nacional y popular”, sostiene una salud pública devastada para los más humildes.
Lo que comenzó hace más de tres meses como un dolor lumbar terminó convertido en una odisea clínica de maltrato, negligencia y desidia.
Cuenta su empleadora, Leticia Troncoso, que Silvana ingresó y salió de la guardia del Hospital Dubarry varias veces. Le daban analgésicos, la enviaban a su casa y el dolor persistía. Cuando finalmente fue internada en el tercer piso, comenzó un lento deterioro: días sin estudios esenciales, sin diagnóstico, sin herramientas básicas.
Mientras retenía líquidos y sufría un desprendimiento de retina, su familia rogaba que fuera derivada a un hospital más equipado en La Plata. La respuesta fue el maltrato del Servicio Social y la soberbia del jefe de piso.
Tras la presión familiar, logró ser trasladada al Hospital San Martín, donde la estabilizaron… para luego devolverla al Dubarry.
Troncoso contó que el cuadro de Silvina empeoraba: problemas renales, diálisis, válvulas cardíacas deterioradas, complicaciones neurológicas. Los médicos señalaban la necesidad de una cirugía a corazón abierto con prótesis, pero encontrar un hospital de alta complejidad se volvió un laberinto burocrático.
La intendencia, la secretaría de salud y la dirección del hospital se pasaban la responsabilidad como si se tratara de un trámite menor.
En el Dubarry, Silvana fue trasladada de terapia a sala común pese a su fragilidad. Se alimentaba con fideos y empanadas cuando sólo podía consumir alimentos blandos o líquidos. El colchón antiescaras estaba desinflado. Las escaras y moretones aparecían mientras los informes médicos llegaban tarde y con un lenguaje técnico que ocultaba más de lo que explicaba.
Dos días antes de su muerte, el parte médico cambió abruptamente: ya no había nada que hacer, el hígado se había comprometido y su corazón resistía solo por inercia. El 14 de agosto, Silvana murió.
Leticia habla de “asesinato lento”. No descarta que, en medio de tantas irregularidades, pueda haber habido una intoxicación inadvertida, pero la cremación inmediata impidió cualquier comprobación.
Mientras en la ciudad abundan las plazas remodeladas, las fiestas, los recitales y las canchas de tejo, los hospitales carecen de insumos, los pacientes esperan derivaciones que nunca llegan y la salud pública se hunde en la miseria.
Los políticos se fotografían inaugurando obras menores, pero ignoran la atención de adultos mayores, el desabastecimiento de medicamentos y las obras sociales quebradas como IOMA.
“Hoy culminó el trabajito de hormiga de asesinar a otra persona pobre. Bella, muy joven, excelente esposa, madre y trabajadora”, escribio Maria Leticia Troncoso en las redes.
La muerte de Silvana no es un caso aislado. Es una de tantas muertes silenciosas que ocurren a diario en hospitales públicos olvidados, donde la burocracia mata más rápido que la enfermedad.