agosto 30, 2025

Terror en el Aula: Alumno del Colegio Normal llevó un arma, denuncian indiferencia de autoridades

Mercedes, Buenos Aires – La escena parece sacada de un guión distópico, pero ocurre en pleno corazón de la ciudad bonaerense de Mercedes: un niño de apenas 11 años se niega a volver al aula. No por pereza o desinterés, sino por miedo. Miedo real. Ayer, un compañero suyo llevó un arma a la escuela. Y no es la primera vez. Ya había llevado una manopla, circula con un cigarrillo electrónico (VAPE), y amenaza abiertamente a docentes y alumnos.

El establecimiento educativo en cuestión es el Colegio Normal, turno mañana, donde padres y madres denuncian un panorama escalofriante: violencia cotidiana, negligencia institucional y un silencio cómplice de las autoridades. “Lógicamente hoy no lo mandé –cuenta una madre aterrada–. Lo hablé con varias madres y todas están igual. Desde la dirección ni noticias. Dicen que citaron a los padres del chico, pero que están esperando que se presenten. Mientras tanto, los pibes están aterrados”.

Este hecho gravísimo se suma a un precedente igual de alarmante ocurrido en el mismo colegio tiempo atrás, cuando otro alumno fue sorprendido con un rifle de aire comprimido. Lejos de haberse tratado de un caso aislado, el episodio actual parece confirmar un patrón de inacción sistémica y tolerancia institucional hacia la violencia escolar.

Las peleas entre alumnos son habituales y en ocasiones, fueron los propios docentes quienes “invitaron” a los estudiantes a “resolver los conflictos violentos fuera del colegio”, naturalizando la violencia como única vía. Una actitud que no solo vulnera el rol pedagógico, sino que pone en riesgo la integridad física y emocional de los niños y de los propios docentes que ocultan estas situaciones.

Pese a la creciente gravedad de los hechos, ni los sindicatos docentes ni organismos de protección del menor se han hecho presentes. ¿La razón? Voces internas señalan que los gremios mantienen “excelentes vínculos” con los directivos del establecimiento, y que eso habría generado un pacto tácito de silencio y protección.

Mientras tanto, el temor se expande entre los pasillos y patios de una escuela que parece haber perdido el rumbo, y cuyos techos se derrumban como consecuencia del robo de fondos escolares. Padres y madres claman por respuestas y medidas urgentes. Pero el reloj avanza, las armas circulan, y el silencio oficial sigue siendo más estruendoso que cualquier disparo.

¿Hasta cuándo puede una institución seguir ignorando el miedo de sus propios alumnos? ¿Quién se hará cargo si otra vez la tragedia se consuma?

La comunidad espera. Y la infancia, una vez más, queda desprotegida.